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El índice de fracasos en el tratamiento de los problemas de alimentación, ya sea el sobrepeso, la ansiedad con la comida o los trastornos de conducta alimentaria, como la anorexia o la bulimia, es altísimo. Ello se debe a la tendencia a practicar una psicología reduccionista centrada en lo evidente, pero que pocas veces va más allá. El problema no es tanto qué ocurre con la comida (si la persona está obsesionada por la delgadez, con la alimentación ecológica, “pagar” los disgustos o preocupaciones con la comida…) sino qué estamos intentando manejar a través de ella, es decir, la “funcionalidad” de esa forma de relacionarnos con la comida.

Frecuebtemente, el problema no es la alimentación ni la imagen corporal, sino la ansiedad. La comida es un ansiolítico natural, por eso muchas veces el estrés o los problemas nos empujan a comer, normalmente comida hipercalórica, que es la que más nos calma. La sensación estimular de comer, además, muchas veces ocupa nuestra atención, lo que nos ayuda a no sentirnos tristes o enfadados, de ahí que sea tan difícil no recurrir a comer mal cuando tenemos un mal día, vivimos algo desagradable o nos dan una mala noticia.

Es evidente que vivimos en una cultura obsesionada con el físico, y que promueve un canon de belleza e imagen corporal que es difícil alcanzar y que muchas veces roza lo enfermizo, donde la presión estética es brutal y muchas personas tienen niveles de exigencia consigo mismos en ésta área especialmente. Sin embargo, todas las personas están expuestas a dicha presión, y no todas generan este tipo de problemáticas, por lo que hay más factores en juego. Con esto no quiero decir que no sea muy importante, pero los problemas complejos deben ser enfocados desde una perspectiva poliédrica, que de lugar a todas las variables, para ser abordados de forma eficaz.

A pesar de todo esto, los problemas con la alimentación y el peso tienen que ver con la incapacidad de gestionar determinado tipo de problemas emocionales y la búsqueda del control, que empuja a las personas a intentar regularlo (taparlo, evitarlo...) a través de la comida, de ahí que por mucho que se den pautas de dieta, alimentación saludable o control de ingesta calórica, no se logra avanzar, ya que se está trabajando con la manifestación del problema, pero no con aquello que lo provoca.

Sólo entendiendo el “para qué” del problema de alimentación, y cubriendo esa necesidad de una forma más saludable, podremos solucionar el problema de alimentación subyacente que intenta cubrir, de forma desadaptativa, esa función, y ahí es donde la psicoterapia centrada en lo emocional juega un papel clave para llegar a algo más allá de qué comemos y cómo lo hacemos.

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