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Aunque cada modelo de psicoterapia defiende una postura, todas concuerdan en que las emociones y aprender a gestionarlas (porque controlarlas es imposible) juegan un papel clave, en especial las desagradables, que solemos a intentar "no sentir" y de las que huimos, lo cual genera problemas al desregularnos emocionalmente, normalmente en forma de impulsividad, ansiedad, rabia o tristeza profunda.

Desde mi perspectiva personal y experiencia clínica, el problema la mayoría de las veces no es lo que nos pasa o no saber como manejarlo, sino cómo nos hace sentir, y cómo al final actuamos condicionados por esos sentimientos. Sabemos a un nivel intelectual que algo “no es tan grave” pero no podemos evitar angustiarnos con ello y pensar de forma catastrófica, sabemos que “no somos malas personas” pero nos invade un profundo sentimiento de culpa cuando no accedemos a lo que otro nos pide o nos defendemos.  El problema por tanto, radica no en lo que sabemos, sino en cómo nos sentimos, de ahí que aprender a gestionar esos sentimientos, y en algunos casos cambiarlos por otras emociones más adaptativas que nos permitan dirigir nuestro comportamiento en la línea que deseamos, sea la clave.

Términos como “Inteligencia Emocional”, popularizados por el psicólogo Daniel Goleman, quedaron reducidos a una moda o tendencia, que se aplica de forma superficial y reduccionista, como muchas veces ocurre con tantas cosas en psicología. La gestión emocional es sobre todo una cuestión de honestidad con nosotros mismos, de asumir cómo nos estamos sintiendo y de entender de dónde vienen esas vivencias, que necesidades tratan de indicarnos (protegernos, acompañarnos, reparar el daño…) pero sobre todo, de posicionarnos ante ellas y en vez de taparlas o huir porque nos den miedo, de elegir libremente qué queremos hacer ante ese conflicto, mirándolo aunque duela para entenderlo, y una vez lo entendemos, poder tomar partido de forma eficaz.

La gran mayoría de los problemas con los que nos enfrentamos las personas se viven de forma aún más dolorosa por cómo nos hace sentir, algo que muchas veces nos bloquea o hace que no "nos pongamos" con aquello que tenemos que hacer, aplazándolo, excusándonos o huyendo de ello, de ahí que aprender a gestionar las emociones tenga un papel clave no sólo a la hora de sentirnos mejor y ser más felices, sino también a la hora de resolver problemas de forma eficaz.

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