Al hilo de Pérez-Reverte: Goles y la Autoestima – Buenaventura del Charco

Leía el artículo de Pérez-Reverte titulado “Ganar al fútbol es de fascistas” (https://www.xlsemanal.com/firmas/20201205/perez-reverte-ganar-al-futbol-fascistas.html) donde exponía su estupefacción ante las declaraciones en radio de un señor que afirmaba que era mejor que en los partidos de fútbol infantil no se contasen los goles, ya que se crean frustraciones además de problemas de autoestima al existir unos con mejor resultado que otros, vencedores y vencidos.

Si bien, aunque el escritor hace su crítica desde el sentido común y su opinión personal, me parece muy acertada, pero yo voy a intentar argumentar al respecto desde lo mío, desde la psicoterapia.

Está bien que deseemos proteger a nuestros hijos de aquello que sea dañino o lesivo, sin embargo, creo que a esa idea lógica, amorosa y bienintencionada le hemos dado unas cuantas vueltas de tuerca de más, y como todo cuando se lleva al extremo, se convierte en una caricatura, dramática a la par que bochornosa e incluso hilarante sino fuera porque estamos hablando de la Educación con mayúsculas, que influirá de una manera decisiva en la forma en la que muchas personas se preparan para enfrentarse al mundo y a la vida, en un sentido mucho más amplio que el meramente académico, por lo que es peligroso que se encuentre deformada por la influencia de lo naif y la ingenuidad de algunas teorías que lo hacen todo muy agradable o bonito pero que preparan muy poco.

Un concepto importante en la investigación en Psicología y en otras muchas ciencias sanitarias o sociales es el de la Validez Ecológica. Hace referencia al hecho de que determinado tipo de teorías o técnicas, pueden parecer efectivas y válidas en un ambiente controlado como es el laboratorio, la consulta de psicología o el mundo académico, pero que luego, al tratar de ser aplicadas y confrontadas con la realidad pueden desmoronarse.  Es decir, que pueden servir y ser útiles en un contexto, pero que luego se muestren ineficaces o incluso perniciosas fuera del mismo.

¿Por qué hablo de esto? Pues porque creo que muchas de estas teorías que tratan de evitar a los niños cualquier suceso “traumático” o “desagradable” presentan el problema de que esto solo es posible en ese ambiente controlado del hogar o del colegio pero que, conforme crezcan  y se enfrenten al mundo, aparecerán situaciones en las que el dolor, la frustración, la competitividad, la derrota o la pelea serán imposibles de evitar y estarán muy presentes, así que más les vale a los niños saber gestionar y actuar cuando esto ocurra. Si un niño no aprende a lidiar con el sentimiento de frustración y derrota cuando pierde un partido de fútbol, difícilmente sabrá aceptar que la niña o niño que le gusta cuando tiene 14 años prefiere a otro de sus compañeros de clase, que si quiere estudiar Medicina, deberá esforzarse más que otros alumnos porque la nota de corte exigida es muy alta o que algún día, a pesar de sus esfuerzos e interés, puede no conseguir algunos de sus objetivos. Si corremos unos años más en el contador y hablamos del mercado laboral que se van a encontrar, lleno de cabronadas, mejor les recomendamos el suicidio preventivo. 

Porque ayudar a desarrollar una autoestima real en nuestros niños no consiste en crear un mundo fácil en el que se te crea una visión errónea de que eres tan competente como que tus iguales en todas las áreas, de la misma forma que tampoco consiste en el halago fácil o en la recompensa por casi cualquier cosa, ya que se tratan de contenidos vacíos, que al no fundamentarse en nada, sino en un halago que era el fin y no la consecuencia de algo, no aguantarán el primer envite con la realidad. 

Durante los años 90 en occidente, especialmente en Estados Unidos, se elevó la autoestima a una especie de Santo Grial de la psicología, de forma que la comunidad educativa y los padres recibieron el mensaje de fomentarla.  

El problema fue que esto se hizo de forma vacía, superficial, en la que los niños eran halagados y se les decían que eran capaces de manera sistemática, sin que esto fuera ligado a sus habilidades, actitud o esfuerzo real. Un buen ejemplo de esto salía en Los Simpsos, en que se veía como desde el colegio se fijaba un día especial para cada uno de los alumnos , y todos sus compañeros tenían la obligación de decirle a ese niño sus virtudes y por qué lo valoraban. 

Al ser algo implementado desde los profesores, los chavales tenían que hacerlo como una obligación, independientemente de que valoraran o no a ese compañero, y supongo que, en muchos casos, tenían que forzarse en encontrar alguna virtud en ese niño para poder resaltarla, independientemente de que el alumno obligado a hacer el ejercicio considerase eso algo meritorio o bueno o no. 

¿Qué carajo le estamos transmitiendo a los niños con este tipo de dinámicas estúpidas? En primer lugar, que no importa un carajo su criterio ya que les dicen que tienen que hacerlo. En segundo lugar, el hecho de que sea algo sistemático y que cada día un compañero tiene su día especial, como los niños no son gilipollas, no tardarán en darse cuenta que puede que esos halagos están más vacíos que las bolsas de patatas fritas (que no sé por qué ponen esos paquetones si luego la mitad es aire…) y que por tanto no deben fiarse de ellos. En tercer lugar, que quizá no merece la pena esforzarse (en los estudios, en ser buen compañero…) si simplemente, hay que esperar a que sea tu día para que todos te digan lo genial que eres. 

El resultado de todo esto fue el esperable: a pesar del enorme trabajo en acción tutorial y en otros programas de desarrollo de la autoestima, las tasas actuales de problemas de salud mental e inseguridad y falta de confianza en los jóvenes americanos no son mejores que las que existían antes de la puesta en marcha de estos programas (si estás interesado en el tema, te recomiendo el libro “Se más amable contigo mismo” de Kristin Neff donde expone los datos con más detalle y profundidad) 

Además, estos modelos fomentan una autoestima basada en el logro (tu valía como persona depende de cuánto sabes hacer o cómo de bueno eres en algo) y no un amor propio profundo, verdadero y real que no es otro que el de tratarte bien, conmoviéndote por tu propio dolor y estando dispuesto a ser leal a ti mismo, peleando por aquello que amas y eliges en la vida. 

Claro que a nadie le gusta el hecho de que nuestros niños lo pasen mal, da pena verles sufrir por algo que es fácilmente evitable y muchas veces cuesta no correr a aliviarlo, pero es importante que nos mantengamos como espectadores, que confiemos en ellos, en su capacidad natural de aprendizaje y adaptación y que simplemente les acompañemos y les demos ánimo y consuelo, pues no necesitan protección, sino nuestra confianza en que serán capaces de recuperarse al dolor y aprender las lecciones de la vida que siempre acompañan a los sin sabores. Sobreprotegiéndoles sólo les transmitiremos que son frágiles, débiles y que deben reaccionar con miedo o huida de todo aquello que es negativo o desagradable y si hacen esto, difícilmente podrán conseguir o proteger aquello que es importante para ellos, como objetivos personales y profesionales, seres queridos o relaciones. 

Creo que en la educación hemos de evitar ser miopes y cortoplacistas, y entender que el mundo es un lugar muchas veces hostil, competitivo, injusto, lleno de sin sabores, que los puteos y el dolor son inherentes al hecho de estar vivo y que para saber manejarlo hemos de tirar de nuestros aprendizajes previos, de otros momentos en los que sentimos frustración, derrota o pérdida, como aquella vez que me golearon jugando al fútbol y entendí que no siempre se gana. 

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