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¿Tienes que perdonar?

Uno de los temas de moda actualmente es el perdón. Si bien anteriormente se trataba el perdón como una obligación moral ahora se plantea como una actividad psicológica necesaria para alcanzar el bienestar, así que parece que perdonar es una “tarea obligatoria” y esto es una barbaridad.

En primer lugar, me parece algo atroz porque creo firmemente que todo lo que se hace desde la obligación y no desde la congruencia, es negativo y sobre todo irreal. Que perdones no es una tarea, sino que es el resultado de un proceso interno, el cual sólo es liberador cuando se realiza de manera honesta y elegida, porque llegamos a ese punto, y no porque es lo que se supone que tenemos que hacer. Si lo hacemos como una tarea, como una receta que simplemente implementamos, es parecido a cuando a rezar o tener sexo sin conectar con lo que se está haciendo: se convierte en algo mecánico, que no nos estimula lo más mínimo ni despierta nada en nosotros, simplemente estamos “cumpliendo”.

Si bien es cierto que algunas investigaciones científicas y numerosos psicólogos defienden los beneficios del perdón, ya que sirve para dejar de estar enganchado en un tema que nos hace dolor y poder continuar con tu vida, éste siempre es el resultado de dicho proceso y no una tarea que se implementa o, dicho de otra manera: los beneficios provienen del proceso que te lleva a perdonar, no del perdón en sí mismo. Quienes tratan de plantear esto como una tarea son reduccionistas hasta decir basta…

Otro dato a señalar es que la mayoría de las personas que se beneficia del perdón son aquellas que se enganchan en la rabia como un mecanismo defensivo para no sentir la vulnerabilidad y tristeza inherente al hecho de que te hagan daño: Si estoy todo el rato enfadado con el subidón del mismo, no me sentiré débil o triste. El problema por tanto, no es tanto de ausencia de perdón sino de utilizar la rabia como forma de protegerme de otras emociones, desagradables pero necesarias y sobre todo, que están ahí nos guste o no y tenemos que hacer algo con ellas.

El proceso del perdón es liberador cuando, por un lado, se comprende al otro, ¿por qué esto ayuda? Porque con frecuencia cuando nos hacen daño tendemos a engancharnos en aquello que nosotros “hemos hecho mal” o “provocado” para que ocurriese: en mi caso particular, había una voz en mi cabeza que me decía que si no hubiese feo o un pringado no se hubieran metido conmigo ni humillado cuando tenía doce años. Entender al otro y que hacerte daño fue algo que habla más de su mierda y miserias que de ti mismo, ayuda a engancharnos menos con lo que hicimos mal, volviendo a mi ejemplo, ahora puedo ver que, por ejemplo, uno de los cabrones que me hacían daño era un chaval con unos padres ausentes y que se sentía abandonado, lo cual le generaba un sentimiento de rechazo que manejaba rechazando a otros (mejor ser verdugo que víctima, ¿no?)

Yo no era tan pringado o si lo era no merecía que me atacasen por eso, sino que él necesitaba ser un poco bastante cabrón para manejar su mierda.

Personalmente no me ayudó especialmente entender los motivos del otro, pero sí que he visto a pacientes que esto les ha resultado especialmente balsámico y reparador, pero, entender al otro, y, sobre todo entender que sus acciones hablan de él y no de ti, no significa necesariamente tener que perdonarlo. Puedo empatizar y hasta sentir pena por ese chico abandonado, pero no por eso creo que tenga que perdonarlo, podría haber manejado ese sentimiento de otras mil formas: exigirse a sí mismo para sentirse “válido”, establecer vínculos sanos para compensar ese rechazo… Pero eligió hacerme daño y creo que es importante entender que comprender no es jusitificar.

Otras veces se busca el atajo de perdonar como forma de evitar el dolor, de “pasar página” y zanjar así el tema para no sentir todo ese malestar interior, ese llanto ante la herida propia y tratar de “reprimir” todo ese dolor de cuando nos la provocaron. También puede utilizarse cuando tenemos miedo al conflicto, y perdonamos para no tener que pedir justicia, para no tener que enfrentarnos a aquellos que nos hicieron daño, bien porque nos supone un conflicto moral (quien nos hizo daño fue nuestro padre, “pon la otra mejilla” …) o tenemos miedo de las consecuencias de plantar cara al otro, así que perdonamos, traincionándonos a nosotros mismos por no enfrentar algo que es difícil. En cualquiera de estos dos casos, ese perdón no sólo no ha sido honesto, sino que es un manipulación a ti mismo de cojones y te estás clavando un buen puñal por la espalda, dejándote muy solo en tu dolor y haciendo como si éste no importase.

Aquí si he de reconocer con bastante mal sabor de boca que me traiciono bastante en ese sentido y aún no he plantado cara a quien me hizo daño, pero al menos, no tengo la indecencia conmigo mismo de “perdonarlos”

Para perdonar debe haber un reconocimiento del daño y de lo injusto de la situación, normalmente deseamos que eso venga del otro, aunque no siempre ocurre, pero siempre debe estar presente por nuestra parte, y ese proceso suele ir acompañado de mucha tristeza y rabia.

Para mi, como casi siempre, no hay cosas buenas o malas, sino que la clave es desde dónde lo haces, por tanto, la pregunta no es si debes perdonar o no, sino “¿cómo me estoy tratando perdonando a esta persona? Haciendo esto, ¿soy congruente conmigo mismo y mi forma de entender la vida? ¿Me ayuda perdonar?” si respondiendo a todo esto, ves que es algo liberador y positivo, adelante, si en cambio es ningunear tu sufrimiento por miedo o imperativo, ni de coña.

En mi caso particular, no vivo enganchado a quienes me hicieron daño, fue simplemente algo que pasó, que me dejó algunas cicatrices, pero a lo que sobreviví y hasta aprendí alguna cosa (aunque no por ello creo que hayan sido buenas experiencias). Desde luego tengo muy claro que ya me hicieron daño como para permitirles que me hagan más enganchado a esos episodios, y, sobre todo, que la vida es muy bonita como para que te la envenene el rencor, pero de ahí a perdonarles hay un trecho.

No pienso seguir dándoles poder o perdiendo el tiempo con ellos, ya lloré mis heridas y me comprometí con defenderme, pero hacer como si no hubiese pasado nada y sobre todo, sin que ellos hayan mostrado la menor prueba de arrepentiemiento, sería hacerme lo que ellos me hicieron: tratarme como si lo que me hacían no tuviese ninguna importancia o me lo mereciese.

Hago muchas cosas mal conmigo mismo, estoy lejos de ser el puto Dalai Lama o un ser de luz, pero esa mierda, no pienso hacérmela.

 

Buenaventura del Charco Olea ejerce como Psicólogo en Marbella y Psicólogo en Granada, además de como ponente o profesor invitado en diferentes Universidades, Congresos e Instituciones.

 

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