No soy infeliz, pero tampoco feliz – Buenaventura del Charco

Esta idea (descrita o no con estas palabras) empiezo a oírla con preocupante frecuencia en la consulta, sobre todo en jóvenes de entre 23 y… hoy en día, ¿cuándo cojones se deja de ser joven, a los 30, a los 35, a los 40? Bueno, en esa ambigua y quizás estirada hasta la caricatura franja.

El caso es que la oigo frecuentemente, personas que se sientan en el sofá de la consulta y a veces no saben muy bien qué coño hacen ahí sentados, ya que no tienen ningún problema en concreto, sin una sintomatología clara, más allá de cierta sensación de cansancio vital o hastío existencial, de avanzar e ir consiguiendo hitos en su vida, en la que aparentemente todo va bien, y una débil pero angustiosa certeza de que funcionan de un modo automático. Un poco zombies, en una vida que no tiene grandes males, que es cómoda, estéticamente ideal muchas veces, pero insípida, como cuando comes algo light.

“No se por qué estoy así” o “Vengo sin saber muy bien qué contarte” me dicen, avergonzados por estar ahí, y no por el estigma que aún queda sobre el hecho de tener que acudir al psicólogo, sino porque no encuentran un motivo que justifique que hayan pedido cita y yo esté ahí escuchándolos y tratando de conectar con ellos. Buscan encontrar una explicación externa, objetiva, que “justifique” su necesidad de la terapia, ya que visto desde fuera todo marcha bien: tienen su grupo de amistades, hacen planes y viajan, laboralmente eficaces, tienen una pareja con la que están a gusto y con la familia tienen el nivel de movidas “estándar” (las relaciones estrechas son las más intensas para lo bueno y lo malo). Sin embargo, algo no cuadra.

Desde luego, si vieses sus redes sociales, esto no tiene un ápice de justificación, pues se les ve siempre disfrutando el momento, riéndose con memes, compartiendo con las personas de su vida, estrenando cosas chulas… Y no es que esto no sea verdad ¿eh? Más allá del postureo, sino de nuestros tiempos, que padecemos todos, es simplemente que mientras todo eso ocurre. Hay un telón de fondo, que a veces cuesta apreciar por todo lo que pasa en nuestras stories, en la capa más superficial de nuestro día, que es de falta de una verdad sólida, de una certeza de vida, de la sensación de tener un por qué real, una motivación íntima que dote de sentido, de plenitud nuestra existencia.

¿Qué dice de nuestra generación todo esto? ¿Qué dice de ti?

Nuestros día a día está lleno de cosas que hacer, de planes, de sitios a los que ir, de series y vídeos que ver o de memes con los que descojonarnos. De forma que lo cotidiano está lleno, estimulante y vibrante, pero lo profundo está parado, hueco, marchito, desnutrido y habla en un susurro, cansado ya de que tú no lo escuches.

Y en vez de oír esa voz interior que todos tenemos, que es la única que sabe realmente cómo estamos (y que sabe más de ti que cualquier psicólogo al que puedas acudir), te dedicas a juzgarla, a buscar indicadores “objetivos” sobre si realmente tienes motivos o no para sentirte así. Invalidado tu propia conciencia de ti mismo, tu propio criterio, invalidándote a ti, en suma.

Vivimos en un mundo que nos atiborra de estímulos y distracciones, de sobreinformación, y que nos marca constantemente una idea de lo que es “adecuado o correcto”, de lo que tiene que gustarte, de los sitios a los que tienes que ir, de cómo tienes que follar, cómo vestirte. Hay casi un “cómo” determinado de cada todo, y eso ha hecho que atrofiemos nuestro propio criterio. Eso ha hecho que avancemos en conseguir cosas que se son las que supuestamente nos darán bienestar y felicidad pero que sin embargo, cuando conseguimos, nos dan una cierta euforia inicial y luego nos hacen sentirnos vacíos. Y no me voy a poner aquí en plan anti sistema a hablar de la alienación de los sujetos en la sociedad consumista porque creo que eso tiene una parte de verdad (una muy buena) pero también que se usa de forma politizada y reduccionista. (Y porque este blog es de psicoterapia y la vida, no de política, que yo no estoy para decirle a nadie cómo ostias tiene que pensar).

Lo que creo profundamente es que se nos enseña tanto qué es lo válido, que es lo que tenemos que querer conseguir en nuestras vidas, qué es lo que nos debe hacer sentir bien que dejamos de escucharnos, que entre tanta tendencia, viral, challenge, influencer y la madre que nos parió a todos hay mil voces hablando a la vez que es imposible oírse. Que el mundo actual se caracteriza por un ruido, prisa (joder, mucha puta prisa) y una actividad externa brutal que no deja los momentos de quietud necesarios para oírnos por dentro.

Así que nos esforzamos, joder, nos esforzamos mucho en conseguir y hacer cosas que nos dicen que necesitamos o que nos harán felices, pero como no nos oímos, no siempre coinciden con lo que nosotros necesitamos.

¿Qué necesitas? Eso sólo lo sabes tú. Porque esas certezas internas, esa intuición que nos habla, lo hace a través de sensaciones, de “las tripas” que hablan y nos marcan donde está nuestro norte, como una brújula interna.

Las psicoterapias experienciales, el mindfulness, la terapia de Aceptación y Compromiso, y hasta otras disciplinas como la filosofía o la espiritualidad te ayudan a preguntarte y a tomar consciencia, a darte cuenta, a oir esa voz tuya. Es un aprendizaje, que lleva algo de tiempo (aunque si llevas 4 sesiones en terapia y no empiezas a encontrar verdades, esa terapia no va bien…) pero que se aprende, pues esas sensaciones están dentro de ti, en tu biología, y naces sabiendo escucharlas cuando apartas el ruido y te paras a mirarte.

Desde un blog no puedo enseñarte cómo, pero sí puedo decirte que si oyes o atisbas a veces esa sensación de vacío, esa vocecilla, no la apagues, escúchala, dedícale tiempo, y si te cuesta atenderla, ve a terapia. Si estas donde ejerzo, será un privilegio oírla contigo. La vida es muy bonita para gastarla en conseguir y hacer gilipolleces que nunca te llenan del todo por el mero hecho de no oírla.

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