Relaciones y Parejas Low Cost – Buenaventura del Charco

Por lo que tengo entendido, porque no soy ningún experto, Zara inventó la moda rápida: un buen diseño a un precio bajo. Este fue la base de su modelo de éxito, que posteriormente fue replicado por otras cadenas, algunas incluso llevando más al extremo el bajo coste de sus prendas y haciendo del mismo su seña de identidad.

El objetivo de estos precios, aun a costa de una reducción de la calidad, es el de buscar que el cliente compre, no tanto por el producto, sino por “la experiencia de compra” – es decir, el plan de irte de tiendas más que por la prenda de ropa en sí. Se busca que haya una cierta impulsividad porque, total, es barato y tampoco me cuesta nada; además me permite tener esa experiencia del “subidón de estrenar” que da cuando te pones algo por primera vez, para una vez pasado ese efecto, relegarla al fondo del armario e ir a por un nuevo producto que me de esa euforia de lo nuevo.

La gran capacidad de producción, diseño y logística de estas cadenas de ropa, (y especialmente Zara que a nivel empresarial son unos putos genios) permite además que el catálogo de prendas disponibles se renueve continuamente para que la persona siempre tenga novedad donde escoger; lo que unido a su bajo precio, hace que ninguna de las compras que se realizan tenga un gran nivel de compromiso: puedes ponerte un par de veces esa blusa y olvidarte de ella sin sentirte culpable o haberte esforzado especialmente para poder adquirirla.

Tampoco hay que cuidarlo: atrás quedaron los tiempos de remendar pantalones, afeitar jerseys porque le salían peloticas, poner coderas o similares. En cuanto se ve gastaillo… a tomar por culo y compras uno nuevo. Sin remordimientos.

Se trata de una experiencia de consumo desechable, sin un gran compromiso, fácil y despreocupada, en la que además, lo que se compra se adquiere más por lo que provoca en mí, que por lo que realmente es.

Posteriormente, el concepto de “low cost” se expandió a otras áreas de la economía (en gran medida por la terrible crisis del 2008, que marcó el fin de la estabilidad de las clases medias en occidente) haciendo referencia a productos de una calidad cuestionable pero que permitían al consumidor no tener que renunciar a nada.

He escogido este concepto de la industria de la moda y de lo low cost porque creo que hablan muy bien de lo que está pasando actualmente con cómo nos relacionamos con las personas. Cada vez más, el modelo consumista, la meritocracia mal entendida y una psicología con poca capacidad crítica que ha apoyado a través del término “autoestima”, han convertido a las personas en un producto, y consecuentemente, han hecho creer que estas, al igual que en las mercancías su valor depende de sus cualidades y características. (Tener una buena autoestima es valorar y conocer tus cualidades, virtudes y cosas buenas, nos dicen… Igual que sabes si un caballo tiene más o menos valor por su pureza de sangre, velocidad, o belleza, y con esto predican “profesionales de la salud”, tiene cojones el asunto… Aquí tienes un artículo al respecto.

Este planteamiento se ha ido generalizando, de forma que casi todo lo que ocurre con el consumo y los productos, acaba trasladándose a las personas. Así, creamos relaciones cada vez menos comprometidas, que parecen fundamentarse más en el subidón de la novedad y el estreno, que con un deseo de un vínculo real y profundo. 

Parece que no queremos vincularnos mucho desde el principio (“no tenemos nada serio”, “él y yo no somos nada” o “quedamos y eso, pero sin compromiso” oigo a diario en mi consulta de Psicólogo en Marbella o Granada) porque tenemos miedo a todo lo que eso implica: que nos hagan daño, el rechazo, el cuidado y la reparación cuando el otro está dañado; el tener que pagar el precio inherente de vincularnos con otro (dependencia sana, esfuerzo, fidelidad, paciencia, empatía, compasión con sus miserias…).

El valor del otro, también depende de sus características, lo que hace que unos valgan más que otros, como cuando unas amigas de mi novia comentaban sin ningún tipo de reparo este verano que ese chico era un 7 o este otro era un 9 por tal y por cual cualidad. Los perfiles de Instagram o Tinder parecen cada vez más una especie de Linkedin personal, donde las personas exhiben sus cualidades. Un puto catálogo humano para escoger.

Y el problema no son las redes, yo conocí a mi chica por Tinder y nos queremos de la puta ostia, es la mentalidad de desde dónde y para qué vas al encuentro con el otro.

También, cada vez más, se crean relaciones frágiles, poco definidas y caducas, que se centran en ver lo que el otro me da: que sea vitamina, que me haga sentir especial, que sea detallista… Poco parece importar lo que se está creando en sí mismo, o lo que yo puedo aportarle al otro de forma desinteresada, no por bondad ni moralismos, simplemente porque me nace hacerlo.

Se habla mucho de utilizar a las personas cuando hablamos de lo sexual, pero cada día está más normalizado instrumentalizar al otro y ver qué me aporta, y a todo Dios le parece de lo más normal. Personalmente, no sé qué coño tiene de malo querer follar con alguien hasta caer exhaustos y darse placer mutuamente como adultos responsables que así lo eligen. Usar a alguien no es querer tener sexo con él, ni siquiera si el único interés es ese, siempre y cuando esté todo claro; como cuando dos personas que quedan por una app porque se atraen o aquellas que en una noche de copas se dejan llevar por la pasión y más calientes que el pomo del infierno, acaban en la casa de uno de los dos, y al día siguiente cada uno vuelve a lo suyo.

Ahí no estás creando un vínculo afectivo, ni planteas compromiso o implicación más allá de la de darse placer mutuo. Salvo que seas un capullo o una subnormal egoísta, es poco probable que veas al otro sólo como un medio para satisfacer tus necesidades; es algo que os dais mutuamente.

Sin embargo, en estas relaciones de mierda tan actuales, se piensa poco en el otro, se piensa poco en darle y apenas se le mira si no es para calcular qué de lo suyo nos da algo. Buscamos al otro para que nos vea, le enseñamos y contamos – no porque queramos compartir, sino sólo para que nos atienda y valide.

Se disfraza de responsabilidad afectiva, relación abierta o poliamor actuaciones impulsadas desde la cobardía, desde el miedo a implicarme demasiado, a que el otro no me pueda ser ajeno, o a ese punto de dependencia sana e inevitable cuando hay una entrega indivisible del amor sincero en la que desde ese momento lo que le ocurra al otro tendrá un efecto en nosotros.

Con esto no critico modelos ajenos al amor monógamo y tal (aunque no son mi rollo), pero se están empleando esas etiquetas para tapar lo que no son: sino miedos. Aun así, Slavoj Zizek, ese titán del pensamiento, psicoanalista, filósofo y teórico izquierdista, criticaba en una entrevista estas nuevas tendencias señalando que la monogamia no es una cuestión de propiedad o satisfacer necesidades, sino de compromiso y confianza, de renunciar a lo que simplemente me aporta cosas para poner el foco en algo que tiene un sentido en sí mismo.

Tenemos tanto miedo al dolor, a la pérdida de control y a ser rechazados que queremos poder tener un ticket de devolución sin compromiso tras unos días de uso: para que renunciar no tenga coste, para que no nos duela si sale mal, para ver si el otro pasa el examen de nuestras expectativas, y en caso contratio, decir que no era bueno o de calidad porque merecemos algo mejor.

Está claro que podemos saber lo que queremos, no aceptar cualquier cosa, pero demasiado menudo, no asumimos la responsabilidad de decir claramente lo que queremos por miedo a que suena demasiado comprometido; y si el otro no cumple esas expectativas, en vez de entender que son nuestras, decimos que el otro es un cabrón, o poco válido, o lo que sea. Así, simplemente puedo volver al catálogo, coger otro espécimen por bajo coste y tapar el vacío, los problemas, o los miedos, con el subidón de lo nuevo.

Mi buen amigo Santiago Hinves, un gran empresario, me dijo una vez: “bueno, bonito y barato, escoge dos porque tres es imposible” y qué gran verdad, y de esa tendencia, ahora escogemos bonito (que sea un 9, momentos especiales, fotitos en Instagram…) y barato, porque lo bueno nunca lo es. Decía Borges aquello de que el amor es crear una mitología privada con tu pareja, y esas cosas, requieren de tiempo, no se pueden forzar, y es lo que todos queremos. Lo que sí podemos hacer, es crear las condiciones para que eso ocurra; de la misma forma que no somos capaces de hacer que una planta florezca, ya ésta lo hace sola y en sus tiempos, pero sí podemos cuidarla para que esa tendencia al crecimiento no se vea lastrada por la sequedad, las malas hierbas, el no podar lo que es innecesario y la falta de luz y claridad.

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