Cuando la terapia hace daño – Buenaventura del Charco

Éste es un tema que ocurre, y del que nadie habla. Hemos pasado de un entorno en el que la terapia psicológica era algo oscuro y oculto, algo de lo que avergonzarse, a un momento como el actual, en el que parece que la psicología es una ciencia infalible y el psicólogo un ser de luz que siempre es adecuado. Un charco en el que me voy a meter, vamos, quizás haciendo homenaje a lo que cierto psiquiatra dijo de mi una vez al decirme que hacía honor a mi apellido metiéndome en todos los charcos (y él no me estaba homenajeando…) El caso es ese, que ahí está, personas que van a terapia, y ésta hace más mal que bien, por sorprendente que esto parezca.

¿Por qué ocurre esto? Pues, aunque los motivos probablemente sean tan diversos como casos, si lo simplificamos un poco (y soy consciente del reduccionista que esto implica, pero es que, si no, no se podría hablar de una mierda) a mi entender se dan dos factores: uno actitudinal y otro técnico.

El primero suele ser el que más me toca los cojones, la verdad, ya que suele darse cuando el profesional sanitario comete el error garrafal de juzgar al paciente. Pocas veces estos juicios son abiertos y suelen disfrazarse bajo recomendaciones, prescripciones y justificaciones ideológicas que llevan un juicio implícito. Invalidar la opinión o vivencia del paciente por su enfermedad, hacerle sentir culpable o raro, reprochar sus ideologías o formas de entender la vida (eres un hippie ingenuo, tu forma de vivir las relaciones es machista, o tu forma de vivir la sexualidad es viciosa o carca, suelen ser las más frecuentes) no fiarse de lo que le dice, tener una actitud inquisitorial y de reproche, buscando el fallo para señalarlo repetidamente en consulta o poner toda la responsabilidad de la terapia en el paciente cuando ésta no avanza o funciona.

En esta categoría se peca por acción, pero también por omisión, como cuando el psicólogo no es lo suficientemente cálido o no muestra un interés genuino: terapeutas centrados en la técnica y el diagnóstico de forma fría, mecánica, que asienten impasibles a la experiencia de sufrimiento de su paciente y no muestran un ápice de compasión o empatía, viendo sólo el problema y no a la persona.

Otras veces, éste juicio ocurre a pesar de lo bien intencionado, o precisamente por esto como cuando el psicólogo o psiquiatra tiende tratarle como alguien débil o vulnerable en exceso, al que hay que suavizar la realidad porque es incapaz de asumirla o desde una actitud paternalista en la que se coloca en ese rol de “experto” que sabe mejor que el propio paciente lo que le conviene y le prescribe que hacer sin tener en cuenta si esas pautas u órdenes, van en contra del sistema de creencias del paciente o si sencillamente, no le encajan o le incomodan.

También pueden darse el caso de que el daño venga por condiciones externas, como por ejemplo cuando el cansancio, el estrés, una mala racha personal, el hastío o los tiempos de consulta (algo que sufren los profesionales que trabajan en la seguridad social y en muchas compañías de seguros) afectan a su capacidad de entender, acoger y estar en las sesiones. (a mí alguna vez pacientes me han señalado sentirse poco cómodos al verme cansado a última hora o bostezando por la mañana tras una mala noche en la que no pegas ojo). Quizás éstos sean más justificables, pero si ocurren de forma continuada, hay algo de lo que el profesional debe responsabilizarse o al menos, explicar y aclarar al paciente.

Por otro lado, está el factor técnico. ¿De qué van éstos? Pues de psiquiatras y psicólogos que aplican tratamientos que acaban siendo negativos para el paciente, y que suelen venir de una de psicoterapia de “copiar y pegar”, en la que se aplican los remedios para todos los pacientes, sin tener en cuenta desde dónde se están aplicando o las características del paciente, y que al aplicarse desde el sitio equivocado o en la persona inadecuada, se convierten en negativos, por mucha evidencia científica o prestigio que tengan.

Ejemplo de éstos hay a patadas: enseñar técnicas de control de ansiedad y pensamiento a pacientes que tienen ansiedad precisamente porque hipercontrolan, enseñar meditación, visualizaciones o mindfulness a pacientes que en vez de enfrentar los problemas los evaden (con lo que les enseñan a evadir de forma altamente eficaz), enseñar a ser compasivos consigo mismos a pacientes con tendencias al victimismo y la desresponsabilziación o activar a un paciente depresivo con antidepresivos o tareas para hacer a una persona que no tiene un problema apático y de funcionalidad, sino de hiperexigencia donde se lleva al límite o de huir de su propia tristeza y debilidad con un exceso de actividades.

Cuesta entender a veces que lo importante no es qué se aplica, ni si es bueno no, sino sobre todo en quién se hace y desde dónde. Así hacer deporte se vuelve enfermizo si lo hacemos obsesionados por nuestro físico, motivar a un hijo para que estudie se vuelve perverso si nuestro afán es el de que cumpla con nuestras expectativas que le imponemos y proyectamos o nos forzamos a adquirir habilidades sociales porque somos incapaces de aceptar que no seamos competentes en un área de nuestra vida y nos obsesionamos con el control y la fortaleza.

Por eso, mi recomendación a ti como paciente es que te preguntes desde dónde quieres provocar tu cambio, si estás disfrazando de desarrollo personal lo que no es sino una falta de aceptación y autoexigencia insaciable. También que, después de cada sesión mires tus tripas y propia experiencia, y que antepongas si tú sientes mejoría y ves resultados a lo que te argumente el profesional o te justifique hablando de que es lo idóneo en base a la ciencia, la autoridad, el prestigio o su experiencia profesional y que, a la hora de elegir profesional, mires mucho cómo te hace sentir después de cada sesión. Desde luego habrá sesiones incómodas, donde toque oír verdades que son dolorosas e incluso de fricción con tu terapeuta, pero si en general, ir a terapia es algo que se te atraganta, no sientes conexión con tu psicoterapeuta y te sientes juzgado, deberías plantearte hablarlo con él e incluso, buscarte a otro.

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