Jóvenes: De un mundo de algodones a otro de tiburones – Buenaventura del Charco

¿Son los chavales de hoy en día más débiles? ¿Es su vida más difícil y dura o es que están empanados? Parece que esa pregunta está muy presente en la sociedad actual, algo llamativo, en un momento de la historia donde hay un auténtico culto a la juventud, donde todo el mundo intenta parecer más joven y donde los ancianos han dejado de ser interlocutores dignos (sólo tienes que ver la Televisión, a parte de Juan y Medio en Canal Sur, ¿quién hace programas para ancianos o donde éstos sean protagonistas?)

Para empezar esta idea de que la juventud está fatal y nos vamos a tomar por culo cuesta abajo y sin frenos, no es nada nueva. Incluso si ves a los clásicos griegos, por ejemplo, Sócrates, verás cómo se rasgan las vestiduras diciendo que los chavales de su época eran debiluchos, degenerados y poco virtuosos. Hay bastantes estudios que demuestran que existe una tendencia en todas las generaciones a evaluar las posteriores como peores y los tiempos pasados como la fetenidad máxima, con un nivel de idealización y sesgo bastante importante. Así que parte de la alarma actual, responde a esta tendencia que parece que existe desde que el hombre es hombre.

Sin embargo, a mi entender, el estereotipo, siempre se basa en la realidad, siempre tiene algo en lo que se fundamenta, de lo contrario, sería enormemente fácil no caer en ellos. Procedo pues, a intentar señalar lo que creo que está ocurriendo con llamada generación Millenial y señalar que lo hago desde esa edad incierta que son los 36 años, en los que no sé muy bien qué tengo de adulto y qué de joven ni dónde está la frontera entre una cosa y la otra en los días de hoy, algo parecido a lo que ocurre entre la niñez y la adolescencia y es que, comparto al 100% esa teoría sociológica que dice que conforme más se desarrolla una cultura y mayor es su nivel de comodidad, crea más estados intermedios entre ser niño y ser adulto (antes pasabas de chiquillo a que te midiesen e hicieses la mili o te casasen y ya eras todo un adulto, así, de la noche a la mañana con un ritual para marcar el paso de una etapa a otra).

Creo que los jóvenes tienen (o tuvieron) una infancia fácil. La tecnología y el desarrollo del estado del bienestar ha hecho que en los hogares no haya grandes miserias, culturalmente se ha entendido la importancia de estilos educativos no basados únicamente en la disciplina (quizás se ha pasado al otro extremo…), por suerte se ha aprendido a diagnosticar y tratar muchos de sus problemas (logopedas, pedagogos, maestros, adaptaciones educativas, psicología infantil…) y en general los padres son más conscientes del factor clave que juega la infancia en el futuro bienestar de las personas o los roles de padre y madre, antes tan diferenciados (uno cuidador y cariñoso el otro proveedor y rudo) se han desdibujado de forma que el niño puede cubrir sus necesidades en sus progenitores.

El menor número de hijos es a mi entender otro de los aspectos claves a la hora de poder analizar a la juventud actual: Se presta mucha más atención a los niños, se dedican más recursos a su bienestar y se convierten en el centro de todas las miradas. Esto es un arma de doble filo, pues también conlleva muchas más expectativas por parte de los adultos, fomenta un cierto individualismo y se pierden todas esas cosas tan buenas que hemos vividos quienes hemos tenido hermanos: aprender a resolver conflictos con tus iguales, apoyarte en ellos cuando papá y mamá están mal, jugar con otro niño y menos tecnología, compartir y mil movidas más.

Creo también, que toda esa pedagogía basada en “adaptarse a la realidad del niño”, proteger al niño de todo lo que sea doloroso o pueda hacerle sentir mal o no fomentar la cultura del esfuerzo y la disciplina en la educación primaria y secundaria, ha sido llevada al extremo, tal y como demuestran ejemplos como que se plantee que en el deporte infantil no se hable de ganadores y perdedores, los chavales puedan pasar de curso con un rosario de asignaturas suspensas, o que ahora se demonice el castigo como algo traumático, cruel o inefectivo.

Todo esto ha dado lugar a que tenemos unos jóvenes que pasan una infancia, adolescencia y primera etapa de la juventud en general afable e indolora. Se vive muy bien y se puede estudiar, con un “camino marcado” que sólo hay que seguir (cole, instituto, estudiar algo…) con toda la despreocupación y estabilidad que eso implica. Sin embargo, todo ello, hace que estén mucho menos acostumbrados a lidiar con el dolor físico y emocional, lo cual hace que tengan “menos callo” para enfrentarse a lo que les viene luego, que es un escenario bien jodido (mucho más de lo que parece a simple vista) o que sepan poco adaptarse a la realidad y saber manejar que a veces las cosas, no salen como queremos o que el mundo no es justo ni por asomo.

Por otro lado, a pesar de toda esa atención y de toda esa comodidad material, los jóvenes son las generaciones más exigidas y comparadas de la sociedad, pues si bien no se les pide tanto ser trabajadores o cumplidores, tienen la enorme presión de tener que ser atractivos, saludables, estudiosos, políticamente correctos, tener una vida interesante y llena de experiencias, ser sexualmente activos y diversos, ser positivos y optimistas, ser populares, seguir las tendencias de moda, hacer deporte, proyectar una buena imagen en redes sociales, tener planes y un ocio fascinante, ver la serie del momento y un sinfín de cosas más. JODER QUÉ AGOBIO.

La autoexigencia y la autocrítica, el miedo a no ser suficientes, caminan de la mano junto con ese cáncer que es una autoestima basada en tu cualidades, productividad, talentos y valoración de los otros en vez de en tu condición de ser humano y sentimientos. Y ese combo es el gran causante a nivel individual de la pandemia de problemas de ansiedad y depresión que padecen (y a los que además se enfrentan sin un buen aprendizaje de gestión emocional, que las generaciones anteriores no tuvimos, pero sí de saber convivir con el dolor)

A nivel externo o social, los chavales pasan de ese mundo entre algodones y acolchado para que el niño no se haga daño a un mundo adverso y cruel de forma drástica, como el que salta a una piscina helada que corta la respiración. La inestabilidad laboral, la precariedad de los sueldos, los trabajos de mierda, la imposibilidad de independizarse por una vivienda a la que cuesta acceder, las necesidades de consumo inasumibles o el fin de esa realidad que vivió la generación de mi padre de que “si te esfuerzas la vida te va bien y prosperas” (sólo hay que ver la pérdida de poder adquisitivo de las clases medias o la sobrecualificación para un mercado laboral precario) que son factores determinantes para el bienestar psicológico tal y como demuestran todos los estudios. Además, esta situación económica está disfrazada de consumismo y cosas que antes eran lujos: todos los chavales viajan, van a restaurantes, visten de marca… de forma que tienen acceso a muchos caprichitos que no influyen especialmente en el bienestar de una persona pero no a las cosas materiales que sí lo hacen (vivienda propia, independencia económica, estabilidad laboral…)

Chavales, mucha suerte, la vais (o vamos) a necesitar.

Buenaventura del Charco Olea ejerce como Psicólogo en Marbella y Psicólogo en Granada, además de como ponente o profesor invitado en diferentes Universidades, Congresos e Instituciones.

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